Domingo de Insurrección
HOLA. Qué alegría volver a escribir aquí. Os castigo con mi silencio justo en las semanas en las que más suscriptores nuevos habéis llegado a esta humilde newsletter. Pero la Carrie Bradshaw mediterránea (o sea yo) ya está de vuelta.
Supongo que nadie se habrá hecho eco de mi ausencia porque evidentemente no soy tan importante, no lo voy a pintar como si tuviese una legión de fans que ruegan por mi regreso. En fin, no me hagáis mucho caso, esto es más que nada un diálogo interno para recordarme que no pasa nada si un mes no publico con la frecuencia que me prometí desde un principio; hago esto por placer y no obligación. Aquí no nos vamos a andar con las mierdas del látigo capitalista.
Imagino que muchos habéis llegado hasta aquí a través de Mujeres cansadas, la última publicación que hice, que ha tenido muy buena acogida (mil gracias 🫂). Al final va a ser verdad que te salen mejor las cosas que menos premeditas, porque ese texto lo hice un poco con prisa, vomitando los pensamientos que me habían estado perturbando últimamente. Si has llegado nuevo, no sé cómo de seria y reflexiva te habré parecido después de leer ese texto, pero te aviso que la tónica general de esta newsletter es (o eso intento) más irónica e irreverente, como me gusta defender. Me leeréis reflexionando sobre las cosas que me atormentan de esta sociedad nuestra, pero es que después de todo yo soy bastante petarda.
De hecho, hoy siento que no tengo ninguna reflexión especialmente interesante que compartir, así que he decidido que os voy a contar las cosas que he estado haciendo estos últimos días en los que me he saltado la promesa de publicar cada dos domingos. Este será un boletín sobre mi cotidianidad mezclada con algún que otro comentario cómico de los míos. Bueno, sois vosotros quienes decidís si es cómico.
El día que me convertí en lo que juré destruir (consumidora de café de especialidad)
El último domingo que quise escribir se me trastocaron un poco los planes. Tuve un día muy entregado a la moda, cosa que últimamente no me sucedía a pesar de que precisamente la moda me trajo a Madrid (¿veis? no me estaba flipando tanto con la comparación con Carrie Bradshaw). Por la mañana visité una exposición en mi sala favorita de la ciudad, cuyo nombre no voy a revelar porque sí, lo siento, yo sí hago gatekeeping como mecanismo de supervivencia ante la gentrificación. Era una exposición sobre el trabajo de Ana Locking (y diciendo esto podéis encontrar perfectamente cuál es la sala y yo quedaré como una gilipollas, pero mi orgullo me impide reconocerlo), y la verdad es que no me gustó. Ana Locking, como mujer española diseñadora de moda, me encantaría apoyarte, pero es que tus diseños me parecen feos. Normalmente me curro las críticas con más argumentos, pero es que, sencilla y sinceramente, pienso que son feos. Creo que alguien algún día te dijo yasss queen slay y, por no quedar de catetos, el resto le siguió el rollo. Y con la tontería ahora eres exponente de la moda española.
Aun así me hizo feliz visitar la sala sin nombre. Al salir, se me antojó mi segundo plan favorito para combatir la soledad (el primero es escribir en Substack): ir a tomarme un café y leer un rato. Las opciones en el barrio eran ir a una cafetería de especialidad o beber de un charco del asfalto. Decidí humillarme y… fui a la cafetería de especialidad.
Lo de usar las cafeterías de especialidad como símbolo del capitalismo tardío es una broma –que no es tan broma– de la que estoy intentando no abusar mucho, que al fina dejará de hacerme gracia. El caso es que me senté en esta cafetería bien mona y me pedí (para colmo) la bebida más pretenciosa de la carta: un pink latte, o sea, un café con polvo de remolacha. Suena a invento fit vomitivo de gente con pánico al azúcar, pero no. Estaba delicioso. Total, que me senté con mi café rosa en aquella cafetería de colores pastel y flores de plástico a leer el libro que me había comprado el día anterior, que es Ana no. Desde luego, se me da como el culo crear ambiente.
Por la tarde no pude escribir porque mi amigo Diego –que espero que esté leyendo esto– me invitó inesperadamente a un par de desfiles, era la Semana de la Moda de la ciudad. Me gustaron mucho más que la expo de Ana Locking, pero últimamente conecto poco con la moda en general y en mi día a día me cuesta salir del chándal de adidas.
Entré en rehab (me quité TikTok)
Esta Semana Santa tomé la decisión de desinstalarme TikTok. Es por lo menos la tercera vez que lo hago, pero siempre he vuelto a recaer. Me da un poco de grima hablar de ello en términos de drogadicción, pero es que verdaderamente me hacía sentir un poco yonki. Llegó un momento en el que peté viva. Un día entré y en cuestión de diez minutos me cabreé, me agobié, y sentí cuatro o cinco emociones negativas más simultáneamente. “¿Yo para qué aguanto esta mierda?”. Y me lo quité. No me compensa tanto malestar a cambio de supuesto entretenimiento. Prefiero, no sé, convivir con mis pensamientos, por ejemplo. Hace poco leí este artículo de Alba Correa donde se cuestiona en qué momento dejamos de usar Internet para divertirnos. El tema que aborda no es realmente el mismo que estoy poniendo yo sobre la mesa, pero me parece una reflexión muy valiosa sobre cómo es actualmente nuestra relación con Internet. Todos a leer a Alba.
Se vienen cositas 🔥😈
Estoy en un momento vital en el que estoy intentando romper con todo lo que ya no me hace feliz y tomar decisiones para abrirme nuevos caminos, cosa que me está costando porque a veces me cuestiono si de verdad me estoy forzando a tolerar un estilo de vida que ya no va conmigo o si soy demasiado caprichosa. A veces envidio a esas personas que pasan toda su vida laboral en el mismo trabajo, que jamás se mudan de la ciudad donde nacieron, que pasan el resto de sus días con una pareja a la que sospecho que en realidad no soportan, pero que están aparentemente conformes con todo ello.
Pero resulta que yo no me conformo, fuck. Los días que he estado en casa por Semana Santa he tenido veinte crisis de identidad y de vida y de mierdas por segundo y algunas de esas nuevas decisiones las he tomado allí. Mi Domingo de Insurrección lo llamo yo.
En fin, uno de los planes que tengo para no perder la cabeza y darle más sentido y propósito a mi vida es empezar a crear contenido en Instagram. En TikTok, como comprenderéis, no voy ni a asomar la cabeza. No quiero contribuir a la lobotomía global, sino que quiero tener una página de Instagram que sirva de apoyo a esta newsletter, donde pueda tratar los mismo temas de los que hablo aquí pero en otros formatos y que la gente venga a mi Substack a por más. Porque quiero ser escritora, no influencer. Pero me he dado cuenta de que, a parte de escribir, también me gusta estar delante de la cámara y hacer el canelo en su justa medida. He estado toda la vida acostumbrada a estar entre bastidores, y ya no sé si es porque de verdad me la suda todo el mundo o porque, en el fondo, tengo miedo a que me vean. Sea lo que sea, lo descubriré en cuanto me compre un trípode y un micro de solapa en condiciones.
Y eso es todo. Un besito.




"A veces envidio a esas personas que pasan toda su vida laboral en el mismo trabajo, que jamás se mudan de la ciudad donde nacieron, que pasan el resto de sus días con una pareja"
Me siento apelado por esto, por lo menos en llo que llevo de vida jajaja (pero SÍ soporto a mi pareja ).
A modo de venganza (y por devolver el guante) te diré que necesitamos más influencers con micros de solapa de la misma forma que necesitamos más cafés de especialidad.
Es broma, SÍ necesitamos nuevos referentes en redes que no sean imbéciles o acaben siéndolo. Mucho apoyo en este nuevo camino de la heroína que empiezas!! Quiero ir viendo actualizaciones!!